La vi recitar cosas en una perfo más o menos literaria, ocurrida en un galpón teatral de mi ciudad de origen. En el 91 había restos aún de esa cultura ochentera que teatralizaba todo. Todo era una puesta en escena, todo era declamación y poner cara de «estoy actuando, préstenme atención, soy artista».
En esa circunstancia la vi. Era profesora de letras, rubia, de pelo corto y ojos claros, y su figura era más eficaz que su talento. Actuaba junto a otra chica y participaba también un imbécil del que creí ser amigo por un tiempo, pero me cagó feo, y le hice la cruz.
Más adelante publicó un libro de cuentos bastante malo, que compré en la presentación. Para ese entonces nos habíamos cruzado de casualidad un par de veces.
Supongo que le caí bien. Es lo único que explica que en uno de esos encuentros casuales me hubiese invitado a cenar a tu casa. Vivía con su hija chiquita pero esa noche no estaba.
Cocinó, comimos, conversamos. A medida que pasaban los minutos iba poniéndose cada vez más incómoda. Alguien que no sabe qué hacer con las manos ni con la mirada. Y a medida que yo iba notando esto, me iba resultando cada vez menos interesante. Y está claro, ahora, que yo le iba resultando tan poco interesante como ella a mí. Me transfirió su incomodidad al punto en que terminé preguntándome por qué había ido.
Después del café, me despedí. Nada especial, un encuentro fallido más, una cena innecesaria.
Un par de años después, le comenté el episodio a un amigo, que confesó que le pasó exactamente lo mismo con esta chica: lo invita a cenar, charlan, se pone rara, y le transmite esta sensación al invitado, que se retira y nada sucede.
La vida no era muy divertida para mí en esos años. Había regresado a La Ciudad Cuadrada, que se iba llenando de edificios horribles con caños dorados. El trabajo escaseaba y el dinero también, la clase media festejaba esa muerte de las ideologías que le autorizaba una imbecilidad sin culpas. Nunca como en esos años pudo verse a tanto pelotudo por metro cuadrado, tanto garca junto.
Compartía el alquiler de una casa grande junto a un músico y un bombero. Todos buena gente. De algún modo, esa casa se convirtió en algo agradable.
El músico era buen tipo, vivía de las clases de bajo que impartía en su habitación. A veces olvidaba que compartía casa, y de madrugada le venía la inspiración y enchufaba el bajo. Lo quería matar.
El bajista reemplazó en la habitación a otro músico, guitarrista él, que solía curtir con la cantante de su banda, hasta que una noche esta chica apareció golpeando la puerta y a los gritos insultándolo en quince idiomas. Había querido matarse cortándose las venas, la internaron, se escapó del hospital y llegó en la alta noche hasta la casa. Ella creía que él era su novio, y cuando el pibe le dijo de cortar, le agarró la chiripiorca.
El bombero era buen chico pero con poca madurez emocional. A veces aterrizaba un domingo de madrugada, luego de una guardia, y ponía un disco a todo volumen hasta que lograba arrancarme de las sábanas para pedirle que me deje dormir.
Todos buenos tipos, pero nada era fácil. Todos vivíamos al día, sin planes ni horizontes. Mis años de psicosis controlada.
Un domingo a la mañana desperté temprano por los gemidos de una mujer, procedentes del cuarto de al lado, donde la estaban pasando muy bien. ¿Con quién estaría el bajista? Le conocí un par de impresentables, que ligó en un bolichón al que cada tanto los derrotados caíamos buscando soluciones de urgencia. Un lugar donde bailaban salsa las profesoras recién separadas y los delegados del sindicalismo combativo . Fue allí donde una vez el bajista intentó levantar a una señorita que tiempo después durmió en la casa pero invitada por mí. Algo más sobre el bajista: durante un tiempo tocó en una banda de salsa y fingió ser cubano, lo que redundó en favores variados de algunas damas con fantasías caribeñas.
Bien: el músico y la desconocida curtían en el cuarto de al lado una mañana invernal de domingo.
Horas después el bajista y yo tomábamos mate en la cocina, y mi compañero reveló la identidad de la invitada: era aquella chica de la mala perfo y los malos cuentos y la cena fallida. «Cuando le dije quién era mi compañero de casa, me pidió por favor que no te diga que estuvo acá conmigo», confesó el bajista. Nos reímos y seguimos tomando mate. Todo era muy absurdo.
Años después, supe que esta mujer daba taller. Volvió a confirmarse que la literatura es generosa y nutritiva. También la escuché leer de nuevo, a fines de la década, sus cuentos horribles con su dicción afectada. Supe que un amigo la conmovió con sus poemas, y ella lo premió con un revolcón.
Ahora canta tangos, en esa ciudad llena de edificios horribles con caños dorados, donde el invierno ocupa tres meses del año, como en tantos otros lugares.
En esa circunstancia la vi. Era profesora de letras, rubia, de pelo corto y ojos claros, y su figura era más eficaz que su talento. Actuaba junto a otra chica y participaba también un imbécil del que creí ser amigo por un tiempo, pero me cagó feo, y le hice la cruz.
Más adelante publicó un libro de cuentos bastante malo, que compré en la presentación. Para ese entonces nos habíamos cruzado de casualidad un par de veces.
Supongo que le caí bien. Es lo único que explica que en uno de esos encuentros casuales me hubiese invitado a cenar a tu casa. Vivía con su hija chiquita pero esa noche no estaba.
Cocinó, comimos, conversamos. A medida que pasaban los minutos iba poniéndose cada vez más incómoda. Alguien que no sabe qué hacer con las manos ni con la mirada. Y a medida que yo iba notando esto, me iba resultando cada vez menos interesante. Y está claro, ahora, que yo le iba resultando tan poco interesante como ella a mí. Me transfirió su incomodidad al punto en que terminé preguntándome por qué había ido.
Después del café, me despedí. Nada especial, un encuentro fallido más, una cena innecesaria.
Un par de años después, le comenté el episodio a un amigo, que confesó que le pasó exactamente lo mismo con esta chica: lo invita a cenar, charlan, se pone rara, y le transmite esta sensación al invitado, que se retira y nada sucede.
La vida no era muy divertida para mí en esos años. Había regresado a La Ciudad Cuadrada, que se iba llenando de edificios horribles con caños dorados. El trabajo escaseaba y el dinero también, la clase media festejaba esa muerte de las ideologías que le autorizaba una imbecilidad sin culpas. Nunca como en esos años pudo verse a tanto pelotudo por metro cuadrado, tanto garca junto.
Compartía el alquiler de una casa grande junto a un músico y un bombero. Todos buena gente. De algún modo, esa casa se convirtió en algo agradable.
El músico era buen tipo, vivía de las clases de bajo que impartía en su habitación. A veces olvidaba que compartía casa, y de madrugada le venía la inspiración y enchufaba el bajo. Lo quería matar.
El bajista reemplazó en la habitación a otro músico, guitarrista él, que solía curtir con la cantante de su banda, hasta que una noche esta chica apareció golpeando la puerta y a los gritos insultándolo en quince idiomas. Había querido matarse cortándose las venas, la internaron, se escapó del hospital y llegó en la alta noche hasta la casa. Ella creía que él era su novio, y cuando el pibe le dijo de cortar, le agarró la chiripiorca.
El bombero era buen chico pero con poca madurez emocional. A veces aterrizaba un domingo de madrugada, luego de una guardia, y ponía un disco a todo volumen hasta que lograba arrancarme de las sábanas para pedirle que me deje dormir.
Todos buenos tipos, pero nada era fácil. Todos vivíamos al día, sin planes ni horizontes. Mis años de psicosis controlada.
Un domingo a la mañana desperté temprano por los gemidos de una mujer, procedentes del cuarto de al lado, donde la estaban pasando muy bien. ¿Con quién estaría el bajista? Le conocí un par de impresentables, que ligó en un bolichón al que cada tanto los derrotados caíamos buscando soluciones de urgencia. Un lugar donde bailaban salsa las profesoras recién separadas y los delegados del sindicalismo combativo . Fue allí donde una vez el bajista intentó levantar a una señorita que tiempo después durmió en la casa pero invitada por mí. Algo más sobre el bajista: durante un tiempo tocó en una banda de salsa y fingió ser cubano, lo que redundó en favores variados de algunas damas con fantasías caribeñas.
Bien: el músico y la desconocida curtían en el cuarto de al lado una mañana invernal de domingo.
Horas después el bajista y yo tomábamos mate en la cocina, y mi compañero reveló la identidad de la invitada: era aquella chica de la mala perfo y los malos cuentos y la cena fallida. «Cuando le dije quién era mi compañero de casa, me pidió por favor que no te diga que estuvo acá conmigo», confesó el bajista. Nos reímos y seguimos tomando mate. Todo era muy absurdo.
Años después, supe que esta mujer daba taller. Volvió a confirmarse que la literatura es generosa y nutritiva. También la escuché leer de nuevo, a fines de la década, sus cuentos horribles con su dicción afectada. Supe que un amigo la conmovió con sus poemas, y ella lo premió con un revolcón.
Ahora canta tangos, en esa ciudad llena de edificios horribles con caños dorados, donde el invierno ocupa tres meses del año, como en tantos otros lugares.



